La generación que ya no quiere desconectarse: ¿por qué sentimos ansiedad cuando no tenemos el celular?
Por Katherine Alcívar, docente de Psicología Clínica - UIDE Campus Guayaquil.
Los dispositivos electrónicos llegaron como una solución a una necesidad fundamental, la de comunicarnos. El teléfono de cable pasó progresivamente a la historia y los celulares abrieron un sinnúmero de posibilidades que hicieron sentir que el futuro había llegado al presente. Las siguientes generaciones ya no tuvieron que adaptarse a esta transformación, pues nacieron con las bondades de la tecnología en la palma de sus manos.
Hoy, el celular dejó de tener como única finalidad comunicarnos. Es despertador, agenda, cámara, mapa, billetera, herramienta de trabajo, espacio de entretenimiento y puerta de entrada a las redes sociales. En 2026, alrededor de 5.830 millones de personas utilizan teléfonos móviles en el mundo, equivalentes a cerca del 70% de la población mundial (DataReportal, 2026). Además, los usuarios de internet pasan varias horas al día conectados mediante sus dispositivos móviles y, solo en redes sociales, el promedio global superaba las dos horas diarias en 2025 (Kemp, 2025).
Esta dependencia funcional ayuda a comprender por qué la sola idea de quedarnos sin batería, perder el teléfono o no tener conexión puede producir inquietud. El término nomofobia se utiliza para describir el miedo o malestar asociado a no poder acceder al teléfono móvil.
Aunque no constituye actualmente un diagnóstico clínico independiente, una revisión sistemática encontró asociaciones entre mayores niveles de nomofobia y ansiedad, uso problemático del smartphone e insomnio (Jahrami et al., 2023).
Quizás el fenómeno más interesante ocurre mientras sí tenemos el celular con nosotros. Vivimos una especie de conexión ilusoria en la que pensamos que podemos sentir que mientras más conectados estamos, más informados, actualizados y cercanos permanecemos a la realidad. Sabemos qué ocurre en otros países, qué hacen nuestros amigos y qué temas están comentando miles de personas en ese mismo instante. Pero estar actualizado no necesariamente significa estar presente.
Podemos conocer lo que hace una persona a kilómetros de distancia mientras dejamos de escuchar a quien está sentado frente a nosotros; fotografiar una comida antes de disfrutarla; grabar un concierto mientras miramos al artista a través de una pantalla o revisar una notificación mientras alguien nos cuenta algo importante. Incluso se utiliza el término phubbing para describir el acto de ignorar a una persona presente para prestar atención al teléfono, comportamiento que se ha relacionado con dificultades en la calidad de las interacciones y relaciones interpersonales (Ansari et al., 2024).
La respuesta, sin embargo, no consiste en demonizar la tecnología, eliminar todas las aplicaciones de un día para otro o regresar a teléfonos que únicamente permitan realizar llamadas. La tecnología es parte de nuestra vida y muchas de sus funciones son necesarias. El desafío está en identificar qué uso es indispensable, cuál elegimos conscientemente y cuál se ha vuelto automático, especialmente cuando comienza a interferir con experiencias que merecen ser vividas plenamente.
Quizás no necesitamos preguntarnos solamente “¿cuánto uso mi celular?”, sino algo más importante: “¿qué experiencias de mi vida está interrumpiendo?”. Dejarlo a un lado durante una comida, silenciar notificaciones innecesarias, escuchar sin mirar la pantalla o vivir algunos momentos sin necesidad de fotografiarlos pueden ser pequeñas formas de recuperar nuestra capacidad de elegir.
Desconectarnos por algunos momentos no necesariamente significa alejarnos de la realidad; quizás sea una oportunidad para volver a ella.
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